jueves, 7 de abril de 2011

A PESAR DEL CLICHÉ, NUNCA MÁS

Opresión. Años de silencio.
Unos pocos en el poder, otros muchos arrojados a los ecos del desgarro.
Comunicación inexistente, rutas sin salida, desamparo, soledad.
Han transcurrido 35 años desde que la diversidad fue traicionada por la “reorganización”.
Han transcurrido 35 años desde que la democracia fue extinguida en pos de los “valores patrióticos”.
Han transcurrido 35 años desde que a los seres humanos se les recortó su radio de decisión, de acción, de SER.
1976 a 2011. Cambio de siglo. Cambio de gobiernos. Democracia por sobre dictadura. Libertades por sobre la negación de los derechos. Nuevo paisaje. Viejas fotografías.
Pasado odiado; pero nunca olvidado.
Ser. Hacer. Futuro en nuestras manos.

martes, 22 de marzo de 2011

PROYECCIÓN DE UN ENCUENTRO


Una tarde lluviosa de Domingo Mariano decidió asomarse por la ventana para observar las gotas de lluvia que caían copiosamente. Mariano fue invadido entonces por una sensación hermosa, que se traducía en sonrisas constantes. Habiendo pasado ya media hora desde su primer encuentro con la lluvia, Mariano vio algo que le cambió la vida para siempre. Desde entonces no sale de su casa y huye hasta de su propia sombra.  

viernes, 17 de diciembre de 2010

SINFÍN

Un cielo naranja cubrió la tarde rutinaria del pequeño poblado ubicado en la ciudad de Peña. Las pintadas naranjas lograban modificar el clima reinante de tal manera que la nostalgia y la sonrisa espontánea relucían en la gente a medida que contemplaban semejante belleza natural.
Julio, sin embargo, no lograba ser preso de esa sensación; su imaginación rodaba cual rollo de película debido a que sus ojos no eran capaces de observar la realidad. Sus vitrinas al mundo eran sólo persianas que no le permitían objetivar la creatividad presente en formas, objetos, colores.
La vida de Julio, no obstante, no era digna de llanto, de pena; por el contrario: su ambición por sentir, por vivir intensamente en ese mundo – cegado- lo llenaba de aquello que el ojo no podía ver; su ser estaba fortalecido por la música, por la comida casera, por el saber, por la cultura, por los placeres más mundanos y a la vez más extravagantes.
Su alma pertenecía a una mujer de fuertes rasgos, de una personalidad sin fronteras, de una persona que componía melodías con cada movimiento: Isabel. De origen italiano, no podía eludir sus racíes; el idioma de su ancestral país resonaba en su conciencia y se transmitía a través de las partituras que emanaban de su caja toráxica.
Isabel era el bastón de Julio, así como Julio era el andador de Isabel. Se requerían el uno al otro, pero además se amaban. Existía una armonía especial en aquel cuerpo de grandes dimensiones que portaba la italiana. “La perfección no es un don diminuto”, solía pensar Julio.
En el interior de Isabel residía la más hermosa música; esta parecía hacer presión en su pecho desesperaba por salir y hacer bailar la imaginación desorbitada de Julio.
Por las noches, los amantes se juntaban en el precario comedor de la casa en la que habitaban, en donde Isabel cantaba como siempre en su idioma nativo y su acompañante se acomodaba en una de esas sillas de mimbre que se balancean desde atrás hacia delante.
Noche tras noche, Julio se embarcaba hacia lo más remotos lugares acaparando para sí la melodiosa voz de la mujer que lo acompañaba.
Fue un jueves del mes de abril que Isabel no pudo seguir cantando. Algo había pasado, algo había visto; algo tan terrible que no la dejaba hablar siquiera.
Para Julio era imposible visualizar lo terreno, no podía saber qué era lo que había privado a su musa de su musicalidad. Los brazaletes que rodeaban el brazo de Isabel renunciaron a la melodía alegre que las caracterizaba. Su vivaz sonoridad fue reemplazada por un penetrante silencio. Las vueltas por todos los continentes fueron abandonadas: no retornaron nunca los viajes al pico del Everest, a las selvas del Amazonas, a las calles pintorescas de Venecia; no más visitas al Louvre, a la torre Eiffel; se habían acabado las escapadas a Vietnam, las charlas con los Samurai, las sumergidas en los mares de las playas costeras de Sidney.
La ambición de Julio por el conocimiento general había aumentado su imaginación de tal manera que sus deseos eran incontenibles. Lamentablemente, Isabel ya no emitía nota alguna. La música ya no era escuchada en esa casa avejentada en la cual fueron tejidas las fantasías más interminables.
Isabel había sido testigo de algún hecho atroz, temible, que Julio siempre imaginará, pero que nunca podrá entender; porque en su mente anidan fantasmas del pasado, ilusiones del futuro, pero siempre enjauladas en una mente que nunca vio nada; ni siquiera a su una vez amada Isabel.
Ya surgirá un nuevo amor, una nueva inspiración para que sus sueños sigan alimentando a otros, que nosotros nunca entenderemos, ni siquiera la una vez amada Isabel. 

viernes, 10 de diciembre de 2010

Por cada gota un impulso.
Por cada gota una reflexión.
Por cada gota un suspiro,
Una lágrima,
Una sonrisa.

Por cada impulso una gota más fuerte.
Por cada reflexión una gota más suave.
Por cada suspiro, lágrima, sonrisa,
Una gota que baila en el aire.

Se suceden gotas cual corcheas.
Se suceden gotas cual semifusas.
Las notas musicales transitan
por entre las voces.

Partituras de agua se deslizan
Entre la gente que transita
Al son del compás de la lluvia.

La lluvia cae.
Y con ella cae lo olvidado.
La resaca del recuerdo.
Lo mas subterráneo del pasado.

Se hace presente la memoria.
La memoria obliga a recomponer fragmentos del tiempo.
Los hilos enredados.
Que alguna vez fueron
Componentes ensamblados.

El mosaico de sensaciones
Se hace patente en las miradas.
Las miradas se encuentran.
Se construye una cápsula.
Que encierra tiempos y fragmentos olvidados.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Ethel - última parte


¡Oh, dioses de la noche!
¡Oh, dioses de las tinieblas, del incesto y del crimen, de la melancolía y del suicidio!
¡Oh, dioses de las ratas y de las cavernas, de los murciélagos, de las cucarachas!
¡Oh, violentos, inescrutables dioses del sueño y de la muerte!
Se encienden las luces; amarillentas. Ambientan el cuarto de modo sombrío, imprimen un tono sepia en la escena. Hay una mecedora, una mesita de luz con un mantel tejido a crochet, y sobre ella hay una lámpara de los años ’20: apagada. Hay persianas; están cerradas. Se respira el polvo y la humedad en una casa en donde no entra el sol hace ya muchos años. Ethel se sienta en la mecedora.
Habla sola. Los años y la soledad crónica le enseñaron a ser ella misma su mejor compañía: emisora y receptora de sus propios diálogos.
Ethel: Me pregunto por dónde andarán todos aquellos seres queridos con los que compartí mi camino alguna vez: Robert, Alice, Dorothy, y… ¡Wayne… oh, amado Wayne! ¡Cuánto te extraño! Parece ayer que estabas a mi lado, leyendo el periódico mientras yo hacía las prácticas para el coro de la iglesia. Cómo añoro tus halagos a mi voz. Solías decir: tu corazón no bombea sangre; bombea melodías, de las más hermosas. O algo así como: mis oídos vibran de emoción al escucharte. ¡Oh, Wayne! ¿Cómo es posible que te hayas ido, que me hayas dejado? Contigo podía admirar la vida de una manera tan colorida, tan vivaz, tan completa, tan musical, tan perfecta… te fuiste y se apagó mi alma, y con ella, mi vista. La ceguera me invadió por completo. Te la llevaste para vendar mis ojos de las atrocidades, ¿verdad?, de la maldad, de la podredumbre del mundo. No sé si el mundo está podrido, pero sí lo estoy yo; me estoy desvaneciendo, estoy cada vez más metida para adentro, evitando el universo social y reforzando cada vez más mi mundo interior: en descomposición. ¡Te necesito! Robert nunca está en casa y sospecho que está imbrincado en un asunto turbio, oscuro, lúgubre –Cómo culparlo, con las desgracias que vivió: primero tú, luego su padre asesinado por dos matones a la salida del trabajo, y luego Ella…  mi querida Ella. En fin, Robert (hace una pausa, rogando que no le rueden lágrimas de sus ojos; se prometió a sí misma no llorar nunca más luego de la muerte de Wayne: tenía que ser fuerte): las pocas veces que viene a casa está rodeado de olores muy fuertes, mezcla de Brandy con marihuana- lo sé porque mis ojos ahuecados le ordenaron a mis otros sentidos que profundicen su percepción-.  ¡Oh, Wayne!, vivo tan mareada que ya no sé qué siento y qué no, qué huelo y qué no… prefiero dormir antes que hablar sola- tarea que se me hizo tan habitual-. Me siento como una hormiga intentando llevar alimento para su comunidad, pero que es pisoteada por pies humanos, gigantes ante el visor de la pobre criatura diminuta; aún peor: me siento una hormiga pisoteada por pies tan grandes, tan… pies que ni siquiera puede ver; tan sólo puede desesperarse y experimentar sufrimiento sin poder ver la causa de su dolor. ¡Oh Wayne!, mi voz ya no emite hermosas melodías; mi voz parece un instrumento viejo y desafinado. ¡Oh, Wayne, tan humillada y abatida me siento!
Apagón.
Ojos que sufren. Ojos que gritan. Ojos que abren otros ojos. Ojos que quieren ser vistos. Ojos retratados. 

Ojos que ven múltiples imágenes. Ojos que no logran recomponer escenas. Ojos desperdigados. Ojos que quieren ser ensamblados. 

Ojos que quieren ver por otros. Ojos encontrados en un pasado, en un presente. Ojos que quieren vislumbrar un futuro. Ojos que ya perdieron la esperanza. Ojos que denotan alegría. Ojos cargados de emoción. Ojos que enmarcan una realidad que quiere ser otra.
Ojos que no ven. Ojos que sienten. Ethel.



miércoles, 3 de noviembre de 2010

II H!i'tte [1]- Raíces


En el año 1903, Ethel conoció el mundo por primera vez. Sus grandes ojos se maravillaron ante los descubrimientos que se constituían en novedad permanente día tras día. El barrio en el que le tocó vivir era modesto, sin grandes lujos; pero la gente que vivía allí no necesitaba eso. La música, sobre todo el góspel y el blues, las reuniones comunitarias, las ferias que se realizaban cada vez que cambiaba la estación, eran suficientes muestras de un coeficiente de felicidad del pueblo que de ninguna manera puede decirse que era insuficiente. Los ojos de Ethel no pudieron retratar, ni siquiera denunciar la esclavitud de la que habían sido víctimas sus abuelos. Las variadas marcas en el cuerpo de ambos, la piel cansada, las miradas delatoras de experiencia, que parecían haberlo vivido todo, las arrugas que empezaban a encontrar un refugio cada vez más seguro a los costados de las vidrieras al mundo ya empañadas, eran los rasgos que los caracterizaban, así como a muchos otros abuelos que fueron víctimas de la misma explotación.
Ethel, sin embargo, protagonizó otra realidad. Sus ojos la condujeron por otros caminos; ella era nieta de la discriminación más aborrecible, pero hija de la educación y el intento de una vida digna. Mississippi por fin había emergido de las penurias más oscuras y lentamente estaba construyendo los cimientos que le permitirían ver la luz, que antes sólo era sinónimo de, como solía decir Alisa, la madre de Ethel, “el sol ardiente que ampollaba hasta la cabeza por luchar, pelear, remar, trabajar incesantemente, romperse las manos, las piernas… todo por conseguir un futuro mejor, que nunca arribaba”.
A partir de la década de 1900, a Mississippi le fue revelado un presente más tranquilizador. Fue un caramelo dulce luego de años de las hierbas más amargas, y a su vez saladas por las lágrimas. 1900 fue un momento de quiebre y de comienzo de un nuevo ciclo: se establecieron sistemas educativos sobre todo para las áreas rurales (donde vivía Ethel) para promover la alfabetización, se censuró el trabajo infantil, y la construcción de fábricas y del ferrocarril causaron el despegue de una economía que parecía que tenía fecha de vencimiento. En este contexto, la casa de Ethel solía estar inundada de olor a pastel recién horneado y embelesada por las bellas melodías que provenían del banjo de Raymond Henry, esposo de Alisa y padre de la criatura recién nacida.
Los años transcurrieron bajo la dicha y la economía fructífera. Sin embargo, entrada la década de los ’20, el suelo comenzó a tambalear y hacia 1927 se podía respirar en el aire tensión, crisis; parecía que todo estaba sujeto por hilos tan finitos que eran imperceptibles. Pero estaban; y evitaban que Mississippi y su estructura socioeconómica se descuajeringuen, se derrumben aún más. Hasta las estructuras más fuertes estaban frágiles; hasta las columnas de acero se habían convertido en caucho. Atrás había quedado el Mississippi de 1900. El cambio fue reemplazado por la inactividad, la economía fructífera fue reemplazada por la miseria, la educación y la seguridad mostraron su otra cara: la desesperación.
Una casa de aspecto precario, avejentada, venida abajo, era el hogar de los Henry. Solía ser blanca, pero con el pasar de los años se fue cubriendo de polvo: ahora era gris.
Ethel era presa de ese contexto, de este devenir que se veía manifestado en su lugar de residencia: Mississippi, su tierra natal, se ha convertido en el eco de la grandeza, de la restauración, del crecimiento. La depresión económica era en 1927, paradójicamente, moneda corriente. El ahogo económico y el horizonte cada vez más estrecho la exasperaron hasta tal punto que decidió tomar una decisión drástica: decidió partir junto con Wayne - su pareja de entonces y a quien recordó hasta el último de sus días- hacia Nueva York. Esta última sería una ciudad en la cual, según Ethel escribió en su diario personal de entonces, “pueda desarrollarme, desplegar todo aquello que acá no me dará frutos. Necesito salir del estancamiento y crecer, alejarme de un lugar en el cual mis antepasados fueron esclavos, y donde la pena puede llegar a tocarnos nuevamente la puerta. Debo independizarme del lugar que me dio la leche para comenzar a conseguirla yo con mis propios medios”. Sabiendo que no quería que su futuro se convierta en planchar y cocinar el día entero, y a pesar de la negativa de su madre, la muchacha juntó valentía, y se alejó de su tierra natal de la mano de su amado hacia la ciudad del vértigo, la sede central de los rascacielos.
La década de 1930 la encontró a Ethel perdida por los recovecos de la gran manzana, sin brújula, buscando trabajo en los más recónditos lugares, sin éxito alguno. Las palabras de Alisa comenzaron a resonar en la cabeza de la joven sin rumbo: “Nueva York, una ciudad de rascacielos, sí, de luces, de movimiento… ¿pero de oportunidades?  ¿De condiciones igualitarias, de derechos, de progreso? No lo sé, Ethel. Depositar toda la seguridad en la ciudad donde lo nuevo es sinónimo de éxito, donde los autos pasan tan rápido que ni siquiera puedes observar a las personas que hay dentro, donde el respeto y la reputación dependen de cuántas pertenencias tengas. Ethel, nunca te acostumbrarías a ese estilo de vida… ¿no sabes de dónde vienes? Mira a tu alrededor, observa tu vecindario, podemos vivir en la más lastimosa pobreza, pero ella no nos hace menos dignos; al contrario, nuestra comunidad se une para superar la desgracia, lo que nos toca vivir; todos nos ayudamos para salir adelante. Acá vivimos sin tantos lujos, pero somos personas sustentadas por valores, y eso es lo que más importa en este mundo cada vez más cambiante y caótico”.  
Una carta, sin embargo, de las tantas que intercambió con su amiga Dorothy, alojada en el barrio de Harlem, cambió de manera decisiva su camino, que parecía tan nebuloso como cuando partió de Mississippi. Ethel, junto con Wayne, se trasladó hacia el barrio del renacimiento[2], en donde ella comenzó a ser parte del coro de la iglesia Abyssinian Baptist Church[3]. Otra vez con un grupo de pertenencia fuerte, imbuido de sentido comunitario y en un barrio con aroma a pastel recién horneado, se sintió en casa, razón por la cual fue en Harlem donde residió cómodamente durante su juventud y hasta entrada en edad.
Fue en el año 1941, escuchando a Duke Ellington en el Savoy Ballroom [4]cuando Ethel rompió bolsa, razón por la cual el concierto de esa fecha no será jamás olvidado. La llevaron de urgencia al Harlem Hospital Center [5]en el cual dio a luz a su primera y única hija: Ella, quien años más tarde se casaría con Malcolm. El amor copulado daría un fruto: Robert.
Tanto Ethel como su familia vivieron una vida que se ajusta a los parámetros de la normalidad. Sin grandes sobresaltos, sin imperiosas sumas de dinero, pero con sencillez, momentos compartidos y buenas anécdotas familiares. Wayne trabajó durante 35 años en la misma empresa como administrador, luego se jubiló y con la plata recaudada durante sus años de labor incesante, pudieron vivir con comodidad y tranquilidad.
No obstante, a los los 72 años, a raíz del fallecimiento de Wayne, su marido, la invadió la ceguera y debió mudarse a Boerum Hill, junto con Robert, su nieto.
La última página del diario del que fue posible extraer los fragmentos de vida de Ethel, que han podido ser unidos en una trama, contiene la siguiente frase: “madre, el gospel y el sol ardiente de los campos de algodón siempre me recordarán la persona que soy”. Es ella la que motivó a Arthur Miller a producir una obra teatral en la cual se relataron las vidas de cinco inmigrantes provenientes de distintas partes del mundo y que anclaron en Nueva York. Ethel fue personificada como una de las 5 viajeras. He aquí un fragmento de la pieza de Broadway que llevó a la originaria de Mississippi a la fama, cuyas palabras dan a conocer a Ethel en sus últimos años.


[1] Término del dialecto Gawwada, de la región de Etiopía, cuyo significado es: Raíces. http://www.ikuska.com/Africa/Lenguas/vocabulario/gawwada/index.htm

[2] Durante los años de 1920 y principios de 1930 se desarrolló un movimiento afro-americano cultural y literario, que incidió en la música, el teatro y las artes, cuya consecuencia fue un despertar simultáneo y poderoso. La sede central de este florecimiento fue Harlem.
[3] Primera y original iglesia afro-americana de Nueva York, creada en el año 1808. Su establecimiento marcó un hito para el pueblo afro-americano.
[4] Salón bailable que llegó a su auge de popularidad entre 1930 y 1950. A diferencia de otros lugares del estilo del Savoy Ballroom, el último contaba con el acceso permitido para personas de tez distinta de la blanca.
[5] Centro hospitalario establecido en el año 1887, conocido por ser el más grande de Harlem.