Su apariencia me fue develada; sí. Pero con el tiempo la misma me fue borrada cual huellas en la arena que con el viento se subliman, como si nadie hubiese pisado ese suelo jamás. Recordaba, no obstante, sus rasgos más característicos: sus ojos caídos, poblados de arrugas, tal vez de tantos años de intentos de descubrimientos, de sucesivos amagues de develaciones, de concentrarse en la oscuridad más pura y abstracta para bucear en los océanos más subterráneos de su mente: espacio en el cual se alojaban infinitos armarios de colores, formas, texturas, experiencias: vida. Sus ojos, sin embargo, ahora sólo delataban el abismo, la nada, la noche en un intento de metamorfosis hacia el alba, hacia la imaginación de figuras, de lo concreto, de lo real.
Yo nunca fui una apariencia develada para ella. Yo sí la vi, la observé, hablé con ella y hasta comimos juntos un popurrí de comidas durante una navidad. Aquel encuentro se disputa entre los almacenes de mi memoria- que afirman que aquella navidad fue un hecho real-, y los delirantes peloteros en donde habita la imaginación, que traza rizomas con el objetivo de fundir la realidad y la fantasía en un gran bloque de arenas movedizas.
Tiempo después de aquel encuentro, volví al departamento de Ethel ubicado en el barrio Boerum Hill. Ethel ya no estaba, pero pude ingresar a su residencia de todas maneras porque le rogué a la nueva inquilina que me dejara entrar. Allí encontré su diario de vida, y a partir de él pude reconstruir parte de su historia.
ETHEL: su nombre es lo único que permanece en el tiempo, es lo que la define, aunque de ella en verdad sepa poco. Ethel podría ser una de esas personas con las que uno simplemente se topa en la vida. Sin embargo, Ethel no es meramente un recuerdo pasajero, no es una más dentro de la bruma de gente que uno llega a conocer. No lo es, porque tuvo y tiene una significación y una carga simbólica que hasta el presente no pude comprender del todo.
Lectores y lectoras: ETHEL.
Auggie Wren
